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mayoría de las personas han experimentado una vez en su vida la embarazosa situación
de bostezar en el momento más inoportuno y en el lugar más inadecuado, o mínimamente
han realizado esfuerzos inauditos por contener un explosivo bostezo en público.
Para
un conferenciante resulta poco menos que trágico y un mal presagio percatarse
de que sus oyentes bostezan, por otra parte es un hecho que en cualquier diálogo
o reunión social puede verse con malos ojos; pero todas las palmas se las
lleva el bostezar en los trances amorosos, hecho que puede ocacionar fatales e
inprevisibles consecuencias. Según
el escritor Lavín Cerda, la humanidad es una interminable cadena de bostezos.
Para algunos antropólogos esta conducta, como la poesía, constituye una forma
de expresión apenas inteligible. De cualquier manera, bostezamos todos y casi
todos los días. Sin embargo, paradójicamente, hasta la fecha no sabemos por qué
sucede o cuál es su significado funcional. En parte por incógnitas como éstas,
cuando se estudia el sistema nervioso una de las áreas más fascinantes es la que
se relaciona con el comportamiento. El
desarrollo de la etología, la psicología comparada y las neurociencias han permitido
un mejor y más extenso conocimiento de este campo. Buena parte de los trabajos
de investigación se ha dedicado a estudiar la conducta aprendida; otra porción,
a tratar de esclarecer los mecanismos del comportamiento innato, que no requiere
de aprendizaje previo. Conducta
innata de muchos animales El
estudio de las conductas innatas presenta aspectos interesantes y controvertidos,
más aún si se elige como modelo un acto aparentemente trivial o insignificante
como el bostezo. Es curioso que el bostezo se encuentre ampliamente representado
en la escala filogenética. Algunos investigadores discuten su existencia en algunas
especies inferiores, pero este problema depende del rigor con que se le defina
o de la mayor o menor proyección antropomórfica de las condiciones fisiológicas
o psicológicas a que el bostezo se vincula en el humano. No obstante, se sigue
utilizando el nombre de bostezos para referirse a aberturas amplias de la boca
de los peces, las aves, las serpientes y los cocodrilos, con un fin diferente
a la alimentación.
Charles
Darwin se interesó en 1872 por el fenómeno, mencionando que en algunas especies
se acompaña de un lagrimeo ocasional. Empíricamente se le ha considerado como
un signo mímico que expresa aburrimiento, fatiga, hastío y que generalmente precede
al sueño, aun cuando se manifiesta también al despertar. En 1942 Moore incluyó
al bostezo como uno de los primeros reflejos observables en los recién nacidos. El
bostezo es una acción habitual en mascotas domésticas como el gato y el perro.
Respecto a los animales de laboratorio se ha señalado que forma parte del repertorio
de conductas normales en la rata, el ratón y el conejo. Sin embargo, cuando se
consulta cualquier texto de fisiología en busca de más datos acerca de esta pauta
motora, el resultado es que no se halla explicación de su significado, de los
mecanismos subyacentes, ni del porqué se encuentra representado en animales diversos,
desde reptiles hasta mamíferos y en especial en el ser humano. Entre
las investigaciones sistemáticas sobre esta conducta destacan las primeras descripciones
del bostezo que Starling publicó en 1900. Lo caracterizó como "una inspiración
profunda, acompañada de una apertura amplia de la boca y de la glotis, a menudo
con movimientos de los brazos". Fleming
y Shader (1979 y 1987) lo describen como un acto motor en ocasiones repetitivo
que se distingue por la apertura de la boca, la contracción tónica de varios grupos
musculares que da como consecuencia una inspiración profunda, seguida de una expiración
corta; es propio del bostezo la dilatación faringea, así como la depresión de
la lengua y la mandíbula. En
1946 Heusner publicó la primera revisión bibliográfica moderna sobre el tema y
relacionó al fenómeno con algunos cambios fisiológicos en la circulación sanguínea
y la frecuencia cardiaca. Barbizet fue uno de los primeros en proponer, en 1958,
que el bostezar se asociaba con el periodo de tránsito de la vigilia al sueño. Cuidado,
el bostezo puede ser contagioso Los
trabajos pioneros en el estudio experimental del tema se deben a un grupo de investigadores
italianos encabezados por Ferrari y Gessa, quienes a fines de la década de los
50 y principios de los 60 demostraron que al inyectar hormonas hipofisiarias -como
la hormona adreno-corticotrópica (ACTH) y la hormona estimulante de los melanocitos
(MSH)- en los ventrículos cerebrales de varias especies de mamíferos, se producían
episodios de bostezo acompañados en ocasiones de estiramiento de las extremidades
superiores. Sin embargo
fue hasta la década de los 70 cuando se inició un auge en el estudio experimental
de esta conducta. Desde
ese entonces docenas de trabajos experimentales han estudiado los aspectos neuroanatómicos,
neuroendocrinos y funcionales del bostezo. Así
se comprobó que en varias especies existe un dimorfismo sexual en este comportamiento,
ya que los machos bostezan mucho más que las hembras. Tanto en ratas como en monos,
se confirmó que ello se debe a la acción de la testosterona y que el bostezar
guarda estrecha correlación con periodos de excitación sexual. Se sabe que algunas
regiones neuroanatómicas del sistema límbico (que participa en la regulación y
expresión de la conducta emocional), del hipotálamo (región importante que da
la pauta para la secreción de hormonas) y los ganglios basales (que intervienen
en el control del movimiento) tienen que ver con la regulación del bostezo. Desde
el punto de vista psíquico y funcional, en 1986 el psicólogo estadounidense Robert
Provine considera al bostezo en el humano como el mejor ejemplo de un acto motor
estereotipado, que puede iniciarse por una variedad de estímulos, en particular
por la observación de una persona bostezando, circunstancia que lo hace contagioso.
También señala que se desencadena por estados de fatiga o aburrimiento. Porqué
se cree que bostezamos. El
bostezo es un mecanismo natural de aviso: el organismo necesita reposo o un cambio
de actividad. Se produce de modo involuntario, tanto en las personas como en los
animales, para indicar que hay necesidad de reponerse mediante el sueño.
Respirar
es uno de tantos procesos que nuestro cuerpo realiza por sí mismo, automática
e inconscientemente. Aunque podemos controlar de manera voluntaria el ritmo o
las pausas de la respiración, en condiciones normales no podemos permanecer pendientes
de ello. Cuando estamos durmiendo, por ejemplo, no tenemos consciencia real de
lo que hacemos. Lo mismo ocurre con el bombeo de la sangre que realiza el corazón.
Todos los procesos esenciales que requieren una actividad constante son controlados
por centros específicos del cerebro sin prácticamente nuestra intervención consciente. La
respiración es un proceso fundamental porque sin él moriríamos en pocos minutos.
Las células de nuestro cuerpo necesitan oxígeno para quemar y asimilar los nutrientes
que hasta ellas transporta el torrente sanguíneo. Pero la obtención de energía
implica la producción de un desecho, el dióxido de carbono (CO2), que debe ser
eliminado. Así, la respiración se encarga de extraer oxígeno de la atmósfera y
de llevarlo hasta la sangre, y al mismo tiempo, de recoger el CO2 que transporta
ésta y de expulsarlo al exterior. A
pesar del automatismo inherente a la función respiratoria, cuando nos encontramos
cansados, aburridos o somnolientos, respiramos más lentamente. Entonces, de inmediato,
el nivel de CO2 en la sangre aumenta de forma excesiva, reduciéndose al mismo
tiempo la cantidad de oxígeno que llega a ella y a las células. Durante el sueño
también respiramos más lentamente, pero la actividad corporal es tan baja que
el consumo de oxígeno y la producción de CO2 disminuyen. Incluso
los animales pueden sufrir un súbito exceso de CO2 y una falta de oxígeno en la
sangre. Tanto ellos como nosotros disponemos de un recurso muy útil para solucionarlo:
el bostezo. Por supuesto,
hay otras teorías sobre el bostezo. Así, se ha sugerido que éste sirve también
para reducir la presión del fluido cerebro-espinal, o para equilibrar la presión
interna del aire. ¿Cómo
se produce el bostezo? Cuando
el cerebro detecta una cantidad excesiva de CO2 en el torrente sanguíneo, envía
una señal a los pulmones, quienes realizarán entonces una inspiración más profunda
de lo normal. Esto servirá para introducir el oxígeno que necesitábamos y para
expulsar el CO2 que se estaba acumulando.
El bostezo pues, es un acto tan antiestético
como necesario. Nos proporciona un irrefrenable deseo de separar las mandíbulas,
e implica la contracción de un buen número de músculos de la cara. Tanto es así
que los ojos enrojecen y pueden llegar a dejar escapar alguna lágrima por la presión
ejercida sobre las glándulas lagrimales durante la contracción. En
definitiva, no estamos aún totalmente seguros sobre los motivos exactos de su
desencadenamiento. Algunos estudios indican que los fetos pueden llegar a bostezar
dentro del vientre de la madre, donde no hay oxígeno que respirar. Asimismo, las
personas que sufren de esclerosis múltiple bostezan muy a menudo. Todavía queda
mucho por estudiar ... El
bostezo es todavía un misterio para la ciencia, ya que muchas de las teorías que
se sostenían al respecto han sido descartadas. Teorías tales como que bostezar
era una reacción del cerebro cuando necesitaba más oxígeno, han sido descartadas
al comprobar que la tendencia a bostezar no disminuye al suministrar oxígeno al
sujeto de estudio. El bostezo medio dura unos 6 segundos y durante él el ritmo
cardiaco puede aumentar hasta en un 30%. Aunque existen muchas teorías acerca
del por qué del bostezo, lo cierto es que aún no sabemos exactamente por qué bostezamos. |